12 de octubre

Perdón

Hoy esta carta es para ti, que has estado años sufriendo callada. Que nunca has dicho nada, no sé si por algún tipo de culpa inducida o porque ya había pasado tanto tiempo que no creías que tuvieras derecho.

Para ti, que viviste tanto tiempo siendo libre, siendo fiel a ti misma. Hasta que un día te lo arrebataron todo.

Para ti, que formas parte de la sangre que corre por mis venas y te siento parte de mí cada día de mi vida. Que eres imperfecta y salvaje. Que me has dado rebeldía y amor por la tierra.

Porque, aunque arrasaran contigo, seguiste latiendo en el corazón de los tuyos.

Sé que ha pasado mucho tiempo, pero quiero pedirte perdón. A ti, por algo que nos hicieron a todos, porque en el fondo también me siento culpable. Porque ha pasado tanto tiempo que los buenos y los malos hicieron las paces, convivieron y enterraron el hacha (menos mal).

Pero, por desgracia, lo hicieron muy tarde. Lo hicieron después de años de desesperación, dolor y víctimas.

Por eso te quiero pedir perdón hoy. Sí, justo hoy. Porque siento el dolor de que una parte de mí sea culpable de la más horrible de las heridas que aún hoy sigue sangrándote. Y, para más contradicción, otra parte de mí llora por todo lo perdido, por todo lo robado.

Porque yo nací de los dos bandos. Nací de esa locura en la que unos se creyeron con derecho sobre otros.

Dicen que el tiempo cicatriza todas las heridas, pero yo sigo sintiéndome víctima y verdugo y no sé muy bien que hacer con todo eso.

Ya sabes que nunca me he sentido de ningún lugar, que la tierra no se elige y que ningún mérito tiene. Será empatía, memoria o qué sé yo.

Te repito que perdón. Perdón porque la impotencia de conocer lo que ya ha pasado y no poder cambiarlo es completamente inútil, y aún así no puedo evitar sentirla. Perdón porque sé que este remordimiento no sirve de nada. Pero creo que alguien tiene que llorar por aquellos que fueron lastimados.

Sobre todo, perdón por no aprender. Porque un pueblo sin memoria está condenado a repetir sus fallos y seguirá derramándose sangre hasta que el mundo aprenda.

Perdón en nombre de todos los que no aprenden, perdón en nombre de todos los que no te piden perdón. Ya sabes que solo da aquel que puede.

Perdón porque hoy, después de más de 500 años, sigan celebrando en lugar de sentir vergüenza.

Perdón porque mis vecinos celebren, mis amigos celebren, porque la gente de mi alrededor celebre, perdón porque mis conocidos y tanta otra gente que se dice civilizada siga sintiendo orgullo en lugar de sentir vergüenza. En lugar de pedir perdón.

No te lo mereces. No mereciste la humillación ni la dominación, no mereciste que se sintieran orgullosos por “haberte descubierto y civilizado”.

Lo siento en lo más hondo de mi alma, siento herida y culpa a la vez.

Y espero, en el fondo, saber perdonarme.

Porque confío en que el perdón nos haga volar verdaderamente libres.

 

Yo soy polvo de tu viento y, aunque sangro de tu herida, y cada piedra querida guarda mi amor más profundo, no hay una piedra en el mundo que valga lo que una vida. 
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Venecia sin mí

Madrid no está triste.

Madrid está jodida, cabreada, como todas las ciudades que te han visto cagarla una y otra vez.

La única condición para ser libre era no hacer daño, pero la onda expansiva de tu tormenta salpicó a todo el que tenías cerca. Y no estaban preparados para tu veneno, como yo.

Has dejado cientos de corazones muertos tirados por la ciudad y una decena de heridos que tardarán años en rehabilitarse, ¿podrás vivir con ello?

Has trepado rascacielos para poder sentirte vivo y, ahora, tarde, te das cuenta de que el huracán era mejor pasarlo bajo tierra.

Los envidio, ¿tú no?

Míralos, con sus emociones tranquilas, tibias. Con sus cuentos donde Caperucita Roja consigue escapar del lobo feroz y donde la Cenicienta se resigna a que un príncipe la salve. Nuestro mundo desequilibrado de extremos afilados es una mierda casi todo el tiempo, reconócelo.

En este lado del campo, Caperucita se ha follado al lobo puesta hasta las cejas de cristal y por la mañana se ha enterado de que él tiene mujer y 5 hijos. Y le ha dado igual. Porque en su mundo no hay normas. Porque Caperucita baila cada noche con la culpa y se olvida de ella con vasos de ron puro. Sin hielo.

En este lado de la raya, la Cenicienta ya se quitó los putos zapatos, se mudó a la gran ciudad y perdió la inocencia para siempre. Conoció mundos oscuros, pecados compartidos y bares sucios y peligrosos donde emborracharse y no conocer a ningún príncipe.

Aun con todo eso, dentro de mi mundo caótico, quería sacar una bandera blanca.

Quería decirte que esta noche  llueve por aquí, mientras yo tengo una peli en pausa en el minuto 1:43, porque me acabo de acordar de que me dijiste que siempre habías querido verla.

El café que he hecho aún está caliente. De momento.

Aunque en cualquier momento se congela y yo me piro de aquí. Para siempre.

Todas sus cosas.

Salvaje. Como el miedo en carne viva.

Dulce y ácido andar que sobrevuela las calles del centro sin hacer apenas ruido.

Pequeño animal sin domar que tiene miedo de acabar en la perrera. Solo y con el cuchillo frío en la nuca de la amenaza de muerte inminente.

Precipicio que llega más tarde de lo previsto. Y ya, desilusionada por no caer al vacío, se acomoda en la carretera con los pies en el salpicadero. Y la música a todo volumen no la deja oír los gritos de los que saltan.

Chispa de colores que nació del desarraigo y del pánico a la soledad, que nunca se sintió de nadie ni de ningún lugar.

Inocente búsqueda durante -demasiados- años de algo relacionado con cuentos estúpidos y posesiones románticas que acaban siempre en desahucios.

Gracias susurradas al oído por cada noche sin dormir, temblando y con las cuerdas rotas, que la llevan, por fin, a tocar la verdad.

Libertad, para compartir sonrisas y miradas con quien quiera jugar con ella.

Juegos, como los que juegan los niños que no tienen miedos tontos, que son más sinceros y auténticos.

Niña con heridas de mujer, que aprendió a querer(se) salvaje, con rabia y sin permiso.

Carta abierta para ti.

Ahora que vivimos tiempos duros, tengo un par de cosas que decirte.

Deja de angustiarte. Levántate y corre.

No dejes que te atrapen. No dejes que sus manos tristes te toquen. Encuentra un refugio donde mantenerte a salvo, que no te alcancen, que no te hablen. No los escuches.

Despierta. Puede que los malos parezca que ganan pero no dejes que te rindan.

No dejes que sus voces tristes penetren en tus oídos y se acomoden en tus sábanas. No dejes que sus palabras de odio se crean que valen algo.

No vayas a esa luz que crees que brilla. No dejes que sus engaños camelen a tu cerebro. Por favor, no dejes que crean que pueden convencerte de que eso es lo bueno.

No transijas.

Sé intransigente con ellos, no permitas que hagan lo que quieran porque son niños malcriados que creen que todo vale con tal de engordar su pretencioso y gigante ego.

Basta de tolerar. Desde la punta de esa atalaya donde ya te has refugiado: grita con todas tus fuerzas.

Grita. Grita porque tienen que oírnos, tienen que saberlo. Sus padres no les dijeron de pequeños que hay cosas que no. Que no. Grítales a ellos, a sus padres y a sus abuelos, porque esto viene de lejos y no podemos ser cómplices de perpetuarlo.

No luchar es perpetuar al mundo a vivir sobre los cadáveres de sus errores y sus monstruos.

Grita hasta que te duela el corazón y las lágrimas lleguen a tu mentón. Porque alguien tiene que llorarlos. Alguien debe llorar a todas esas víctimas que van dejando sus miedos y sus cobardías mediocres.

Y cuando ya no puedas gritar más, es hora de bajar de la atalaya. Sal a mancharte de barro porque es la hora de luchar. Es las hora de los valientes que no quieren ser cómplices de la barbarie.

Mánchate y tropieza pero nunca, nunca, dejes de verlo. No te pierdas mucho porque es lo que ellos están buscando. Nunca dejes de enseñarles los dientes, que se asusten.

Te tendrán miedo porque los inhumanos siempre piensan que los demás les harán lo mismo que ellos harían.

Has caído en una época difícil, rara. Como todas las épocas. 

No te preocupes porque tiene arreglo. En serio, aunque no lo creas con tanta inmundicia colapsando los telediarios, te prometo que tiene arreglo. Y lo mejor de todo es que está en tu mano.

racism, trump, usa

Hemos venido a un mundo frío y despiadado. Pero lleno, llenísimo, de hermosas excepciones que hacen que todo esto merezca la pena una y otra vez.

Hay más excepciones que reglas.

Hay más buenos que malos.

Hay más corazones que dagas.

(Te lo prometo)

Así que no te desanimes porque unos cuantos estén llenos de crueldad y se hagan notar, y encima haya muchos que los apoyen por miedos infundados. Si unimos todos el “no”, no tendrán nada que hacer.

Confía.

Porque Aristóteles tenía razón, y el todo es más que la suma de sus partes. Suma. Encuentra con quien puedas caminar y juntad fuerte las manos, porque créeme, querrán separarlas. Son muy conscientes de su debilidad y saben de nuestra fortaleza. Por eso, que nadie, nadie, te diga nunca contra quién tienes que ir.

Marca tú sola tu camino, elige los colores de tu paleta, busca tus aliados y marca tus lineas rojas. No aceptes que te lo impongan. No aceptes todo aquello con lo que no estés de acuerdo.

No agaches la cabeza.

No aceptes el odio. Nunca. Y tampoco lo crees.

No aceptes el machismo, no aceptes preceptos retrógrados que la humanidad nunca debió tolerar. No aceptes que vales más que el de en frente. No aceptes que vales menos que aquel que te mira con desdén desde lo alto de su torre multimillonaria.

No dejes que te digan lo que vales con unos papeles de colores. Recuerda que sólo son papeles.

No dejes que intercambien sus miedos por tu sumisión. Es un cambio del que te arrepentirás toda la vida. Y que sufrirán tus hijos y tus hijas desde hoy.

Abre los ojos. Por favor no los cierres mucho tiempo, porque los malos actúan rápido. Abre los ojos y sé consciente del peligro de sus palabras.

Nunca las palabras son sólo palabras. Jamás. No dejes que nadie te diga que las palabras no vale nada. No tienen ni idea del poder de una palabra. No tienen ni idea de la fuerza de tu voz.

Pero yo sí, por eso te pido que la uses, que sea tu arma, tu más preciada y valiosa guillotina para acabar con ellos.

Ellos usan escopetas porque nunca encontraron su voz, y andan perdidos en un mundo que los confunde y los hace sentir mal. Tú no quieres sentirte mal, así que no seas como ellos.

Da igual que seas fontanero, taxista, recepcionista, cirujana o maestro: haz arte.

Haz de toda tu vida una obra de arte y que todos esos grises se jodan. Que se revuelvan cuando vean cuán maravillosa es, porque ellos nunca conseguirán algo así.

Estamos en un mundo raro. Tenemos que vivir en él sin que nadie nos haya explicado nada antes, así que improvisa con las mariposas que tengas en el estómago y siempre, siempre, siempre, sé fiel a aquello en lo que crees.

Los que están intentando hacer de nuestro mundo un campo yermo no podrán conseguirlo si no lo permitimos.

Puede que creas que tu palabra no va a cambiar nada, pero te equivocas.

Las voces tienen el poder de unirse y crecer de forma exponencial, así que álzala y defiende tus ideas con todo tu ser. Con uñas, dientes, con tu sudor y con tus lágrimas, pero sobre todo que nunca, nunca, nunca se te pierda la sonrisa.

Tu felicidad es lo que más les jode.

A esta invito yo.

– Pues este año no llueve, igual es que no va a ser un buen año.

– Qué dices, al contrario, hace buen tiempo, eso es buena señal.

Eso del buen tiempo es tan relativo, lo que daría por poder dormirme todas las noches con las gotas de lluvia golpeando en la ventana. Sí, pero alguien que vive en la calle no creo que piense lo mismo.

– Oye que este año para mi cumple no quiero hacer nada, qué pereza. ¿Me hago vieja? Me hago vieja.

– Sí, sí, lo que tú digas, que te vamos a dar la sorpresa igual.

Uno no elige la familia pero tampoco elige a sus amigos. Es el mundo que los pone estratégicamente en medio de tu camino para que creas que los has elegido tú. Qué va, si fuera por mi nula capacidad de búsqueda no habría podido jamás encontrar a gente como ellos. Si fuera por mí diría que ni me los merezco, pero no lo digo porque me regañan. Porque me quieren.

¿Qué puedes hacer para que alguien te quiera? ¿Qué puedes hacer para querer a alguien? Pf, nada, otra cosa más que tampoco controlamos. No, si al final no vamos a tener ningún mérito. Joder, pero ellos sí que lo tienen eh, ya os lo digo yo.

– Venga, otro café, que me tienes que contar tus dramas.

– Mejor siete cervezas, para lo que vas a tener que aguantarme hoy…

– No seas tonta, nada de aguantar, quiero oírlo todo, de verdad.

La cosa es que cuando queremos a alguien queremos escuchar sus problemas, sus tristezas (y sus alegrías, claro, pero las tristezas siempre llevan más tiempo y más cervezas, y más cafés, y más de todo).

– El otro día escuché esa canción y me acordé de ti todo el día, qué bueno verte.

– Te echaba de menos. A ti y a tus obsesiones con las canciones y las personas.

Y qué sería de nosotros sin las obsesiones. Y sin la sensación reconfortante de estar en casa cuando abrazas a esa persona que las entiende y además, le encantan.

– Me pasaría el día entero abrazándote. No tardes mucho en volver, por favor.

– No tardes mucho en olvidarme.

¿Quién se puede olvidar de alguien a quien ha querido? Sólo alguien que sea incluso peor que una alcachofa (Porque hasta ellas tienen corazón). Que no, eso no pasa ni aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas.

– Venga, vamos a pedir otra cerveza. No, mejor un Nestea que estoy intentando ser más sano.

–Pues venga, que yo también. 

– No hace falta que me hagas ningún regalo, ¿lo sabes, no? Que no necesito nada.

– Eso es lo que siempre se dice pero te aguantas porque te voy a regalar igual.

Nacemos solos, vivimos solos y morimos solos. Nuestra mayor guerra es aprender a convivir con nosotros mismos, con nuestros monstruos, nuestros miedos, nuestros fantasmas. Conocernos es probablemente la tarea más dura que afrontamos, y perdernos, pero si tenemos cerca una mano que coger fuerte cuando la soga aprieta y las preguntas ganan a las respuestas, todo pasa mejor.

– Te quiero.

– ¿Nos vamos por ahí y nos olvidamos del mundo entero?

– Te lo acabo de decir, pero. Bueno, eso.

Perder es seguro una de las mayores mierdas de la vida. Perder de todo, y siempre tenemos que perder cosas porque sino no aprenderíamos, ni valoraríamos. Pero es una mierda perder.

– Es irónico que para aprender a quererme más a mí haya tenido que conocerte a ti.

– Los escritores siempre estáis diciendo cosas raras y enredando las palabras para expresar cosas que ni siquiera vosotros sabéis muy bien qué significan.

Y sí, para qué negarlo. Pero de verdad que lo sentimos todo. Aunque no sepamos el qué, y aunque tengamos que inventarnos palabras raras y metáforas imposibles para que nadie nos descubra vulnerables. Si entendierais la ironía.

Vulnerables, eso sí que somos. Tan vulnerables que nos protegemos con palabras porque las armas no nos sirven. Y ponemos flores en los cañones porque nos pone tristes que las bombas puedan con el amor, y tenemos miedo de que ocurra. Y al final ocurre que las bombas del miedo pueden con ese amor que sentíamos. Pero nada muere para siempre. Todo se transforma, ya decía Drexler.

– Que no, que todo va a ir bien, ya verás. Los buenos chicos necesitan una tregua de vez en cuando, y sino ya me encargo yo.

– A esta ronda invito yo.

– Vale, pero mañana te voy a recoger al trabajo, porque (os) quiero.

Hay machismo.

Esta vez no hay poesía, ni siquiera literatura. De hecho ni suena bonito ni es agradable de leer, pero hace falta levantar la voz cuando no es cómodo hacerlo. 

Estoy bastante harta de escuchar a gente hablar sin decir nada. Estoy harta de leer a gente diciendo cosas que no sienten realmente (espero). Estoy harta de ver que la gente cimiente sus principios morales sobre una base de miedo. 

No, todos los musulmanes no son terroristas, todos los curas no son pederastas, todos los judíos no son machistas. Y todas sus posibles combinaciones. 

Sí, el heteropatriarcado existe, el machismo existe y el odio existe.

No, la sociedad del siglo XXI no es la sociedad de las libertades y el desarrollo. Es más bien la sociedad de la decadencia, el dinero y las luchas. De las guerras mundiales que no lo son, de las guerras civiles que son guerras del dinero. Del odio que crean países ajenos para beneficiarse. De la felicidad que te venden en la tele y que sólo nos acaba provocando desasosiego. ¿Y qué hacemos con ese desasosiego? ¿Qué viene después? Normalmente siempre viene miedo porque no se sabe qué viene. 

La sociedad del miedo al diferente, la sociedad de la globalización que obliga a todos a ser iguales, a pensar igual, a vestir igual, a pesar lo mismo y a desear lo mismo, porque sino te tienen miedo, y te odian desde la ignorancia. Y lo peor es que además de hacerse daño a ellos mismos, antes te lo hacen a ti, que no has hecho nada malo pero pagas por sus miedos. 

Que sí, que existe el heteropatriarcado mientras haya un sólo rincón donde una persona no heterosexual no sea considerada como un igual. Que existe el machismo mientras una sola mujer se sienta inferior por ser mujer. 

Que existe el patriarcado cuando un hombre ‘debe’ pagar la cuenta. Que no, que eso no es bueno para nosotras, no nos beneficia, que no somos menos capaces de pagar una cena, que no necesitamos que nadie nos invite por ser mujeres. 

Que existe el patriarcado cuando las chicas entran gratis en las discotecas. Que no somos productos sexuales para atraer clientela. Que todo el mundo debería negarse rotundamente a eso. 

Que existe el patriarcado cuando una mujer no puede ir sola a las 3 de la mañana por una calle. Sólo por ser del sexo femenino y sólo porque prefieren enseñar a las mujeres a protegerse antes que enseñarles a los hombres a no violar.

Que existe machismo mientras haya una sola mujer sometida o maltratada por su pareja por el simple hecho de ser hombre y decirse superior a ella. Que no es lo mismo la violencia doméstica que la violencia de género. Que no, que hay un cambio de esencia. Que la violencia machista es un problema por sí mismo y no es equiparable al resto de violencia.

Que existe el patriarcado cuando en un bar la cerveza siempre se la dan al hombre y la Coca Cola a la mujer. No es una tontería con gracia, eso es machismo y tolerarlo es perpetuarlo. 

Existe el patriarcado cuando la voz de todos los GPS es de mujer porque los hombres son los conductores y la mujer vuelve a ser un producto de atracción publicitaria. 

Existe el machismo cuando El Corte Inglés hace un anuncio donde es bueno que el hombre controle la vida de la mujer porque la quiere. Que es inaceptable tolerar que se asocie amor con control. Que es inaceptable que esa idea haya pasado por tantas personas y todas ellas la hayan tolerado. 

Existe el heteropatriarcado en el Islam, y en el catolicismo y en el judaísmo. Y también en el ateísmo. Y si las religiones han basado históricamente sus discursos en el desprecio a la mujer y el emponderamiento del género masculino, es por culpa de una sociedad históricamente patriarcal.

Porque una matanza en un bar gay no la provoca ser de una religión y punto, la provoca el odio, la provoca la ignorancia mezclada con el resentimiento y la maldad. La provoca una sociedad en la que la heterosexualidad es lo bueno, lo que vale, y el resto siempre está en el punto de mira.

Y también hay feministas en el Islam, y gays cristianos, y judías lesbianas. Porque cada uno es dueño de sí para hacer con su vida lo que le de la gana. O así debería ser. 

Porque existirá heteropatriarcado y existirá machismo hasta que ese “debería ser” se convierta en “es”.

Y existirán distintas (y nuevas) formas de desprecio mientras que el ser humano se deje guiar por sus miedos y haga suyas las fobias de los demás.

Mariposas caníbales.

Vengo con cien orgasmos encerrados en el pecho
que no serán si no es contigo.
Vengo con relámpagos y truenos
pero sin gota de la lluvia que esperaba.

Vengo con rimmel en el bolso y el pintalabios guardado
por el miedo de saber cual se irá antes.
Vengo indefensa y llevo llorando desde el martes,
hoy me he lavado la cara y me he decidido a escribir.

Vengo con una ilusión gastada que reluce como nueva,
que es una jaula llena de dudas, con las puertas abiertas.
Vengo con la sonrisa triste del que espera,
con la cena agridulce de anoche en el sofá
cuando me imaginaba contigo
mientras no esperabas en el portal.

Vengo con el pelo mojado y las manos llenas de sangre.
Fuera diluvia, para variar
y anoche no paré de rascar viejas heridas
mientras repetía y repetía
que tu olor es especial,
que esta vez no iba a ser igual.

Vengo con cien promesas y mil canciones
y varios libros de poemas en la mochila.
Con un cuaderno repleto de borradores,
y sin los papeles que perdí algún mediodía.
Hace ya muchos años.

Vengo, con todo lo mío y sin lo puesto,
en crudo y esperando respuesta, creo.
Vengo, no sé de dónde pero vengo,
y ni siquiera estoy segura de a dónde voy.

¿Vienes?

Aturdido.

Salen anuncios en la tele, cambias de canal.

No tienes tiempo como para perderlo en tonterías.

Llegas tarde a la Universidad, y luego al trabajo, y luego a esa conferencia a la que vas por compromiso, y luego a esa reunión, y luego encima has quedado para tomar un café (también por compromiso). Llegas tarde aquí, allí, llegas tarde a las personas, llegas tarde a conocerte. No es importante. 

Un programa para conocer al amor de tu vida. Menuda tontería. Cambias de canal. 

Menuda pérdida de tiempo eso del amor. Seguro que se lo inventó el Corte Inglés  o Coca Cola. Quién tiene tiempo para conocer a alguien, abrirte y dejarte vulnerable, desnudo. Qué miedo y qué inútil. Ahora está de moda romper antes de empezar. Ahora está de moda cualquier cosa, sobre todo si se trata de desechar emociones: limpieza emocional, quiérete sólo a ti mismo y todas esas nuevas terapias, ya sabes. 

Anuncios otra vez. Cambias de canal. 

En este mismo segundo ya se han inventado ciento cincuenta nuevas cosas para hacerte la vida más sencilla. Pero no sabes usarlas. Tienes que aprender y no tienes tiempo. 

No sabes cómo cocinar ese plato que te gusta, no sabes cómo poner la lavadora para que no se te destiña la ropa. No sabes cómo tienes que mantenerte sano, no sabes cómo planificar tu futuro, no sabes ni qué será tu futuro. No sabes cómo educar a tus hijos. No sabes cómo educarte a ti. 

No sabes cómo callar ese ruido. Y pruebas eso que te han dicho que ayuda. Porque necesitas acallar las voces de ese mundo enfermo que gira tan rápido y que como una cruel avalancha te empuja y te patea cada vez que piensas en frenar. 

Ese programa no te gusta. Cambias de canal. 

Ese café del bar nuevo que tienes abajo del trabajo no te gusta, y por eso ni le das las gracias al camarero que te lo sirve. A él no le gusta tu cara y aún así te ha sonreído, pero preferiría estar en casa con su hija que ha nacido hace una semana. A su mujer la han despedido porque tener hijos es lento y el mundo va muy deprisa para eso. Quién quiere madres, necesitan cash. Más rápido. Contratos basura a jóvenes que los acepten. 

A su mujer no le gusta que la niña llore y que ella esté sola sin saber qué hacer. La niña llora porque los brazos de su madre le transmiten tristeza y angustia. Y qué le va a hacer. La niña llora, no puede decirle a su mamá que todo va a salir bien, y que ya pasarán los tiempos duros. 

Ese programa es demasiado intelectual. Cambias de canal. 

No pones la televisión para pensar, para eso ya tienes los libros. Esos libros que ya no lees porque joder, leer es algo lento, a veces puedes tardar incluso meses. Tienes que hacer esfuerzos de imaginación, puf. 

Noticias, eso sí que no. Cambias de canal. 

Ya sabes que el mundo está jodido, pero qué culpa tienes tú. Hay gente que sufre, gente que pasa hambre, gente que se mata y gente que decide por ti porque tú estas ocupado cambiando de canal. Bah, total van a hacer lo que quieran. Y lo de los que sufren no lo puede arreglar un simple ser humano insignificante como tú. Es normal, mejor desentiéndete que a ver si vas a acabar sufriendo tú también con la mierda de empatía. 

Uh mira, un reality show donde unos cuantos individuos se tratan mal y se gritan, esto podría ser. 

Te han tratado mal. El mundo te ha tratado mal. O quizás es que ha ido demasiado deprisa y no te ha dado tiempo a cogerlo. Nada importa más que cogerlo, no sabes el qué pero cógelo antes de que sea tarde, en serio. Nada importa más que ser el primero, ser el primero es lo mejor, por eso la velocidad. Los coches que corren más, las lavadoras que limpian más rápido, la fibra óptica que no sabes qué es pero te han dicho que va muy rápido. El mundo te lleva ventaja y vives cada segundo de tu existencia perdiendo el aliento por alcanzarlo. ¿Qué hay al final de ese arcoiris?

Anuncios otra vez. Pero para entonces ya te has quedado dormido.

Mañana te espera un día duro en el que no parar ni un segundo a mirar tu mundo. 

Corre, que te lo pierdes. 

Azúcar, limón y aviones.

Llegas, te vas, se van, o nunca llegan (o nunca vuelves).

Los aeropuertos son como una especie de caja de Pandora donde se esconden todas esas emociones que nos incendian por dentro y que procuramos no sentir muy a menudo (Qué agotador sería). Cuando entramos a un aeropuerto, es como si tuviéramos vía libre para sentir. Una barra libre de emociones buenas y malas, podemos llorar porque no pasa nada, la gente lo entenderá, e incluso algunos empatizarán contigo porque aunque no sepan qué te está pasando… es normal, es un aeropuerto.

Si te quedas el tiempo suficiente quieto y sin hacer mucho ruido, podrás empezar a oírlos.

Los corazones, digo.

Latiendo fuerte, algunos se quieren salir del pecho y huir corriendo de allí. Otros quieren salir sólo para acercarse más a la persona que tienen al lado y que sienten poco a poco como la están perdiendo.

La gente está nerviosa, da igual por qué, a veces ni lo saben pero están nerviosos. Los que han viajado mucho están nerviosos porque saben lo que es. Los que no han viajado están nerviosos porque no saben qué es.

Los que trabajan allí pasan tantas horas viendo esa danza extraña de impulsos vitales y esperas con prisa que al final acaban contagiándose. Estoy segura que esas personas que trabajan en el aeropuerto, lloran más a menudo desde que trabajan allí.


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Ni siquiera recuerdo la cantidad de cosas que descubrí en un aeropuerto. El primer cambio radical, la primera vez que descubrí lo que era la familia, las primeras despedidas, los primeros abrazos que de verdad deseas, las primeras sorpresas, la primera vez que te conoces a ti misma, la primera vez que estás sola pero no te sientes sola, la primera vez que te vas de un sitio para no volver nunca, la primera vez que llegas para quedarte. El dolor del desarraigo, el no sentirte en ningún lugar, las llamadas para intentar estar más cerca que no funcionan durante mucho tiempo.                                                                Aprender.                                                                                                                             Aprender lo que puede significar una bandera. Aprender que la rabia y la emoción se pueden sentir a la vez, que lo dulce y lo amargo se juntan a veces. Aprender lo que significan muchas cosas que no son bonitas de aprender. La necesidad, el dolor, la valentía, el amor.

No sé, yo sólo he venido para pasar el día y ahora estoy llorando y no sé ni por qué.

Supongo que cuando entras en un aeropuerto, sea el que sea, revives todas las emociones de todos los aeropuertos a los que has ido en toda tu vida, y claro, puede que eso sea demasiado para sentirlo de una sola vez.

Los aeropuertos están vivos porque hay tantas cosas dentro de la gente que entra, que al final un cachito de cada persona se queda para siempre dentro de la terminal.

Y eso no lo recuperas nunca.


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